Bestiarios

Tienen madres, hijos, mujeres, maridos amorosos… No son animales

22 Feb 2012

El doctor Abu Berri atiende en el suelo a dos civiles heridos graves por la metralla de un proyectil disparado por el ejército de Assad en Homs, Siria. Pincha sobre la imagen para leer las 'Crónicas desde Siria' de  Mónica G. Prieto en Periodismo Humano)

El doctor Abu Berri atiende en el suelo a dos civiles heridos graves por la metralla de un proyectil disparado por el ejército de Assad en Homs, Siria. Pincha sobre la imagen para leer las ‘Crónicas desde Siria’ de Mónica G. Prieto en Periodismo Humano

Tienen madres, hijos, mujeres, maridos amorosos… No son animales. Cuando les golpean, humillan, desaparecen o asesinan a un hijo, una madre, un hermano, una hermana, una esposa, un marido… Les están arrancando las entrañas, piensan en quitarse la vida, rezan a un Dios al que no reconocían hasta entonces, se pellizcan deseando estar siendo torturados por una pesadilla. El pecho se les raja, se desploman, gritan o lloran en silencio. Cuando después de días sin dormir, consiguen conciliar el sueño durante algunos minutos, al despertarse, durante los primeros segundos, los mejores de los próximos años, vivirán con la asunción cotidiana de que siguen vivos, en sus alrededores, de que respiran. Y después, el ahogo, las ganas de gritar que no brotan, el puñetazo en el estómago y la ausencia ocupando todo su universo, todo el universo. Un día, el siguiente, y el siguiente… La pesadez en las piernas, en los brazos, la bruma en la visión. La sed en la piel, en los lagrimales, el escozor en las mejillas. La oscuridad. Las plegarias para que no haya que volver a despertar y volver a perderlos, cada madrugada, cada tarde de desconsuelo. La rabia bloqueando la garganta, la rabia como única fuente de energía. La tristeza arrebatando toda energía.

Tristeza, una tristeza inconsolable desbordándolo todo. Hasta que un día, de repente, escuchas la puerta y abres la boca para pronunciar su nombre, y vuelves a ahogarte con tu grito de auxilio, y cuando recuperas el aliento te tocas la cara sintiendo que son sus manos, y tiemblas de miedo y esperanza de que sean sus manos, de que los crujidos que escuchabas en las madrugadas no fueran los muebles ni los vecinos, sino tu amado, imprescindible, hijo, hija, madre, padre, hermano, hermano, marido, mujer, amigo. Y te sonríes imaginando cómo se burlaría de ti si supiera que has guardado la secreta esperanza de que existieran los espíritus y os pudierais encontrar otra vez. Y poder decirle cuánto le amas, que te perdone por no habértelo dicho las suficientes veces, aunque sabes que lo sabe. Y aprender a vivir con el estómago abultado, por extrañarle tanto, por llorarle tanto, por celebrarle a veces con risas, por hablarle otras a solas, por escucharle en sueños y saber que es un sueño y no querer despertar. Porque pasará mucho tiempo antes de que puedas tragarte el nudo en la garganta, las lágrimas y levantarte de la cama para volver a vivir y no sólo sobrevivirle…

Y todo esto para decir que yo no he vivido la muerte de un hijo, de una madre o de una hermana… Y no me ha hecho falta para verla cincelada en el rostro de una abuela que perdió a su hijo cuando yo apenas tenía tres años. Que no me ha hecho falta vivirla para sufrir sabiendo que los muchachos y muchachas que llegaban moribundos o cadáver a la costa de mi tierra tenían madres, padres, hermanos que nunca volverán a respirar de la misma manera; que hay miles de madres en África que nunca sabrán si sus hijos llegaron a tierra y siguen vivos, o si se los tragó el mar. También madres de desaparecidos. Y nunca tuve que perder a una hermana para saber que lo que reconstruyo en este texto elevado a la millonésima es lo que está torturando a los supervivientes del régimen de Assad en Siria. Y porque, además de tener familia, los miles de mujeres, hombres y niños asesinados, tenían trabajos con los que disfrutaban más o menos, proyectos, ilusiones, sueños, futuro. Un futuro que ya no tienen y que es lo único que realmente tenemos todos los demás.

Todo esto porque no sé qué hacer con tanta impotencia salvo vomitarla, intentar gritar que aún quedan algunos seres vivos en Baba Amr y otras zonas de Siria a pesar de nosotros y nuestra incapacidad para reaccionar; que aún hay niños que no han sido despedazados por las bombas; y que creo en su dolor, algo a lo que me agarro para calmar mi conciencia desde hace años y que tan bien explicó Soledad G. Díaz.

“Dicen que el dolor es real sólo cuando consigues que otro crea en él. Si no lo logras, tu dolor es locura. Es necesario creer en el dolor de los palestinos, acosados, atacados, asesinados, para que no caigan en la locura: hay que reconocer su dolor real, dar testimonio público de su sufrimiento, de su soledad y de su amargura, para evitar que caigan en la enajenación y en el suicidio”

En realidad esto es lo que intentamos contar en cada crónica, reportaje, noticia… Y que nunca nos cansemos porque es la lucha de la humanidad contra la barbarie.


Esa flor instantánea

12 Feb 2012

flor calabaza

Flor de calabaza, deliciosa.



Miedo a perderse ambos,
vivir el uno sin el otro:
miedo a estar alejados
en el viento de la niebla,
en los pasos del día,
en la luz del relámpago,
en cualquier parte. Miedo
que les hace abrazarse,
unirse en este aire
que ahora juntos respiran.
Y se buscan y se buscan
esa flor instantánea
que cuando se consigue
se deshace en un soplo
y hay que ir a encontrar otras
en el jardín umbrío.
Miedo; bendito miedo
que propicia el deseo
la agonía y el rapto,
de los que mueren juntos
y resucitan luego.

José Agustín Goytisolo

Reseñeando a Sir Bowie

06 Feb 2012

2012-02-05_IMG_2012-02-05_19_42_49_l_054_luces_01En Starman, Paul Trynka nos arrastra a una de las carreras más excitantes y controvertidas de la historia de la música evocando, de forma novelesca con una cuidada prosa, míticos episodios como aquel famoso puñetazo que le plantó Lou Reed ante la insinuación sobre su dejadez musical y estética que hizo Bowie, las correrías nocturnas en el Max´s Kansas City, los revolcones con Mick Jagger en los guardarropas, sus visitas a la Factory de Andy Warhol, y su estado paranoico, principalmente durante su estancia en Los Ángeles, incentivado por una inmaculada dieta blanca de leche y cocaína…

Seguir leyendo la reseña de Alejandro Simón Partal sobre Starman la última biografía publicada sobre David Bowie, de Paul Trynka, en la Opinión de Málaga.

That´s the way… i like it

31 Jan 2012

Foto del día 31-01-12 a la(s) 22.22

Uh-huh uh-huh…

Los peces, a veces, dan miedo

22 Jan 2012

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Los peces, a veces, dan miedo.
Aunque me gustaría que cuando muera
me tiren al mar y ser devorada a bocados.
Sé que vendrá un delfin y ya no será suave y resbaladizo.
Su sonrisa resultará sádica y me arrancará los ojos.
Le gustará mi sabor gelatinoso a descomposición.

Los peces de aquí no son de colores ni alegres.
Se alimentan de gasoil en los puertos industriales
y de pobreza en los vacíos, en los pesqueros.
El atún enlatado suda mercurio
y me recuerda la oscuridad.

Me da miedo el mar. Por dentro.
Opaco, silencioso, vacío, infinito.
Me da miedo perderme en su soledad.
Y tener los flancos desprotegidos. Ciega.
Me da miedo sentir, rozar, escuchar algo
y no saber qué es.
Me aterra saberme tan a merced del miedo.

Miedos agarrotados en mis costados,
abultando mi estómago como un perro moribundo.
Miedos infundados, posmodernos, acomodados.
Miedos palpables en mi nuca, en mis ojos secos.
El miedo de cuando los cuadros se movían,
de las jeringuillas asomando entre castillos de arena,
de cuando bailaba a espasmos con fantasmas de pastillas.
Miedo a salidas de emergencia atascadas.

Pendulando sobre mi agujero negro de fantasmas
la brisa choca con la carne, que sólo es carne,
con el dolor de la carne y el tiempo,
con las ausencias y el tiempo.

Flotando, olvidados los ojos, los dedos, la cintura,
intuyendo el vértigo del vacío en mis esquinas,
reconstruyendo el calor del ocaso retenido en mi vientre
y el hormigueo de la certeza de que sí, esta vez sí,
no pestañearé y veré el rayo verde.

De Coimbra a Cádiz

14 Jan 2012

Carmen Moreno

06 Nov 2011

Portada del libro "Cuando de Dios se equivoca" de Carmen Moreno. Acuarela de Pilar González García-Mier

Portada del libro “Cuando de Dios se equivoca” de Carmen Moreno.
Acuarela de Pilar González García-Mier

Me he autodiagnosticado tendencia a la cursilería y a los superlativos. No es nuevo, pero sospecho que el frío ha agravado mi ‘grandilocuentitis’ . Y justo me he puesto seria con este asunto cuando intentaba explicar la extraña digestión de determinadas relaciones. Porque, una vez más, estaba empezando a caer por la sinuosa y seductora pendiente de la gran-crack-altisonancia  cuando intentaba explicar que “Hay encuentros que se construyen en curvaturas antojadizas del espacio-tiempo. Encontronazos que se vuelven cotidianos al segundo tema de conversación, y que se guardan intuitivamente en el cajón del territorio explorado y seguro. Son personas-hogar, con las que cuando empiezas a reír sabes que podrías compartir llantos igual, sin taparte la boca, los ojos, ni las ganas de sacarlo todo fuera. Carmen Moreno es una de esas personas”. Y lo releo y, efectivamente no miento, pero desde fuera, lo que habría contemplado un “privilegiado espectador” –Moreno y yo, a ratos, compartimos una autoestima saludable, digámoslo así– habría sido a dos escandalosas reidoras y compulsivas gesticuladoras que vislumbran desde el surrealismo lo que a ratos se les dibuja gris y aburrido, pero que la experiencia les ha demostrado que, si una está predispuesta, puede ser una caja de sorpresas.

Y en realidad, han sido tres encuentros “físicos” y algún chateo a deshoras. Pero, aquí “la tímida”,  y la otra “reflexiva” se zambullen en las conversaciones como si no hubiera un mañana, liquidan temas en media hora porque para eso no sabemos cuando nos vamos a volver a ver, y se dejan tomar el pelo la mar de a gusto. Por todo eso, cuando el domingo pasado, en el autobús de vuelta al Norte, me dispuse a abrir los dos libros de poesía, suyos, que me había regalado, sentí un extraño pudor y cerré el libro. Una primera ojeada y la certeza de que aquello iba en serio, de que entraba en territorio íntimo, en palabras-carne, en tierra vivida, en días ganados al dolor y a la muerte, y un desasosiego haciéndose hueco a codazos en la boca de mi estómago. A mi lado, una señora explora los canales de música con los cascos puestos. Aún así no estoy segura de arriesgarme a que ella pueda leer algunos de esos versos a la vez que yo.

“La pared me dice

que otro enfermo se ha atrincherado

al final del pasillo

esgrime un cuchillo de plástico

las mujeres sienten miedo

y nadie entra en el infierno del idiota”.

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-Señorita, ¿cómo se llamaba aquella maniquí mulata, con ojos claros…bellísima?

12 Sep 2011

Cádiz, Agosto de 2011

Sabía que había leído antes a Manuel Rivas hablando sobre la becada, esa ave con un amplio ángulo de visión, casi panorámico, muy “valorada” por los cazadores -ése fue el verbo empleado por el escritor, aunque en realidad lo que valoran es darle muerte- por lo difícil que resulta atraparla y porque es la primera que da la voz de alerta al resto de los animales cuando los depredadores entran en su territorio. Este orden elegido por el autor de los argumentos por los que es perseguida también se le había quedado grabado y no le parecía el acertado. En todo ello iba pensando, a saltitos, mientras jugaba con las palabras del enamoramiento, como hacía uno de sus protagonistas en ¿Qué me quieres, amor? con los huesos de la cereza de su amada en la boca… Así iba llenando yo los silencios de las comas de mi conversación mental, “Ay, Rivas, Rivas”, con esas pequeñas desavenencias, casi domésticas, que una se permite cuando sabe que no romperán el encandilamiento. Justo ahí andaba cuando empezó a dejar caer su cuerpo sobre la silla y un “señorita, disculpe”, suave pero nada dubitativo, la puso alerta y en pie como un resorte.

-”¿Cómo se llamaba aquella maniquí mulata, con ojos claros…?”

Apenas empezaba a encajar esos ojos vivarachos, redibujados con profundas arrugas de vida reída y llorada a gusto, dentro de esa barba blanca, recortada, cuidada; y ésta en ese rostro bronceado de días y noches de cara a la mar… Mientras, las palabras rezongaban en el cajón de los sinónimos: “Señorita”, ufff; “llamaba”, ¿está muerta?, pasado muy lejano; “maniquí”, modelo; “mulata”, negra; “ojos claros”, ¿lentillas?…Y justo en medio de esa marabunta de conexiones neuronales buscando aliados en revistas, programas de televisión, películas, Prêt-à-porter, Ini Kamoze y su Here Comes the Hotstepper, videoclips, Bowie, Imán…

-No me diga que no se acuerda, pero si era….

Y dos ideas en direcciones perpendiculares cruzando el cerebro. La primera, del hemisferio derecho al izquierdo, veloz para ir cargada de tanta indignada insolencia: “pero si no hace ni diez segundos que dijo la primera palabra”. La segunda, disparada directa a la garganta, empujada por el peso del reto, llenándose de letras ya en la boca, empujándolas con la punta de la lengua como a una pompa de chicle… Cuando me escucho decir: Naomi Campbell.

-Sí, ella, bellísima, la más bella, gracias, gracias…

Y ya está dándose media vuelta. Le sigo con la mirada, confusa, “quince segundos”, “a dónde va”, “¿ya se para?”, “¿dos pasos?”… Y entonces veo que otro hombre me mira y sonríe agradecido. Mientras, mi impaciente asaltador repite “Naomi Campbell, parfait, parfait, três belle, três belle…”.

Con quien habla es un joven senegalés vendedor ambulantes de pareos, que sonríe y asiente mientras, llamémosle ‘Refulgente cervatillo enamorado de la vida (RCEV)’, se deleita recorriendo el continente africano y las variadas y supremas formas de belleza de sus mujeres. Y ambos ríen, felices, ya asentados en Senegal, mientras el joven, relajado por fin, pudiendo expresarse con claridad, siendo entendido en su francés, responde con alegría contenida a la pasión de ese hombre que andará cerca de los 80, pero que parece capaz de cruzar el Atlántico a nado si una diosa de Ébano se lo pidiera desde Dakar. Rememoran los bamboleantes andares, las altivas cabezas, los pícaros juegos de seducción que acaban en risas nerviosas… Y también ellos ríen, ahora con melancolía.

Estoy a dos pasos, soy la única sentada en la terraza, parezco inmersa en la lectura de mi libro y creen que no entiendo francés. Pienso en que es una conversación tierna, son dos niños en una gran cocina, observando las faldas de las mujeres, tirando a ratos de ellas para conocer sus reacciones, buscando sus mulliditos regazos para descansar y hundir su nariz en su aroma a sudor, tierra y harina.

Han estado jugando y toca despedirse. RCEV le explica dónde vive y que siempre tendrá las puertas abiertas. El joven retoma su camino sonriente, todavía aturdido por una memoria remozada y aliñada con este viaje de curvas y cuerpos que dan la bienvenida.

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Y esa brisa de la siesta…

31 Jan 2011

¿Qué puede pasar más bonito que tú le pidas opinión sobre un texto a alguien a quien respetas mucho, y te escriba una reseña o nota de tu poema más bonito todavía? Pues eso me acaba de pasar y claro, se me ha quedado cara de boba, con una sonrisa enorme que a ratos se convierte en risita. Está claro que el amor le ciega, pero a mí me encanta dejarme querer. Mi primo, Alejandro Simón, además de otras observaciones, me regala este texto sobre el poema Levante:

Todo poema nace de una extrañeza cotidiana, como un desconocido que nos acompaña constantemente y en el que vertimos besos y escombros y del que tomamos todo lo que nos da. El viento puede ser ese extraño de manos heladas que se desvanece ante la fijación roja del corte del tomate o al escuchar su propio murmullo. Porque al final todo es mundo y todo es intemperie. Para Patricia el viento no es una imagen cualquiera, ni casi ese extraño, por eso no resulta abrupto el giro de persona, convertirse en levante y vestirse de Bolonia, o del viento norte, o con tacón, comerse el corazón de la sandía y escupir el resto, la derrota que no el fracaso, cuidar lo que no importa y no hacer nada, y volver. Lo dijo Cernuda, y ella, claro, conoce perfectamente esos mismos callejones a veces sin salida, esos cuarenta grados a la sombra que impone el miedo: “porque algún día yo seré todas las cosas que amo”. Y ese día el viento dejará huella, por fin.

Y si no queréis esperar a lo que tiene en el horno, podeís leer su poemario El guiño de la chatarra, Editorial Renacimiento (2010).

Levante

30 Jan 2011

Cuando hay viento de levante me vuelvo del revés.
Reconquisto mis espacios negativos,
me mudo al trasluz de mis persianas,
ronroneo estirada entre mis pliegues
antes de empezar a explorar incertidumbres.
Y alguna certeza.

Cuando el viento viene de levante sólo hay relojes de arena.
Y dunas serpenteando la eternidad.
La idea de la muerte no se esquiva, no se olvida, no se teme.
Está en mi cama, en las olas, en ti y en tu urgencia al abrazarme.
Hay una extraña fijación en la forma de cortar los tomates,
una pulsión cálida en el chorro de agua que limpia mis manos.
Y ese silbo constante contra las ventanas,
ese tintineo de la persiana anunciando fantasmales visitas,
ese quejío agonizante en los muros
y esos portazos metálicos que no pueden venir de ningún sitio.

Cuando el levante rompe contra mis pechos
naufragan el Mal y el Bien, el nudo y la angustia.
El miedo es el escalofrío de los 40 grados a la sombra
y la paz saber que nadie intentará cambiarme.
La verdad es una sandía siempre fresca y crujiente
y el futuro, el lujo de mantenerse en silencio tras la pregunta.

Cuando soy levante, bañada en sudor, salitre y valentía
no temo volver a empezar para volver a fracasar.

Pero siempre llega la resaca y el desconsuelo.
Y el poniente, sin levantar un palmo los granos de arena,
sin portazos, dramas ni malos modos,
con la altanería de un académico,
borra mi memoria, vence mi valentía.
El poniente me llama turista.