Tienen madres, hijos, mujeres, maridos amorosos… No son animales
El doctor Abu Berri atiende en el suelo a dos civiles heridos graves por la metralla de un proyectil disparado por el ejército de Assad en Homs, Siria. Pincha sobre la imagen para leer las ‘Crónicas desde Siria’ de Mónica G. Prieto en Periodismo Humano
Tienen madres, hijos, mujeres, maridos amorosos… No son animales. Cuando les golpean, humillan, desaparecen o asesinan a un hijo, una madre, un hermano, una hermana, una esposa, un marido… Les están arrancando las entrañas, piensan en quitarse la vida, rezan a un Dios al que no reconocían hasta entonces, se pellizcan deseando estar siendo torturados por una pesadilla. El pecho se les raja, se desploman, gritan o lloran en silencio. Cuando después de días sin dormir, consiguen conciliar el sueño durante algunos minutos, al despertarse, durante los primeros segundos, los mejores de los próximos años, vivirán con la asunción cotidiana de que siguen vivos, en sus alrededores, de que respiran. Y después, el ahogo, las ganas de gritar que no brotan, el puñetazo en el estómago y la ausencia ocupando todo su universo, todo el universo. Un día, el siguiente, y el siguiente… La pesadez en las piernas, en los brazos, la bruma en la visión. La sed en la piel, en los lagrimales, el escozor en las mejillas. La oscuridad. Las plegarias para que no haya que volver a despertar y volver a perderlos, cada madrugada, cada tarde de desconsuelo. La rabia bloqueando la garganta, la rabia como única fuente de energía. La tristeza arrebatando toda energía.
Tristeza, una tristeza inconsolable desbordándolo todo. Hasta que un día, de repente, escuchas la puerta y abres la boca para pronunciar su nombre, y vuelves a ahogarte con tu grito de auxilio, y cuando recuperas el aliento te tocas la cara sintiendo que son sus manos, y tiemblas de miedo y esperanza de que sean sus manos, de que los crujidos que escuchabas en las madrugadas no fueran los muebles ni los vecinos, sino tu amado, imprescindible, hijo, hija, madre, padre, hermano, hermano, marido, mujer, amigo. Y te sonríes imaginando cómo se burlaría de ti si supiera que has guardado la secreta esperanza de que existieran los espíritus y os pudierais encontrar otra vez. Y poder decirle cuánto le amas, que te perdone por no habértelo dicho las suficientes veces, aunque sabes que lo sabe. Y aprender a vivir con el estómago abultado, por extrañarle tanto, por llorarle tanto, por celebrarle a veces con risas, por hablarle otras a solas, por escucharle en sueños y saber que es un sueño y no querer despertar. Porque pasará mucho tiempo antes de que puedas tragarte el nudo en la garganta, las lágrimas y levantarte de la cama para volver a vivir y no sólo sobrevivirle…
Y todo esto para decir que yo no he vivido la muerte de un hijo, de una madre o de una hermana… Y no me ha hecho falta para verla cincelada en el rostro de una abuela que perdió a su hijo cuando yo apenas tenía tres años. Que no me ha hecho falta vivirla para sufrir sabiendo que los muchachos y muchachas que llegaban moribundos o cadáver a la costa de mi tierra tenían madres, padres, hermanos que nunca volverán a respirar de la misma manera; que hay miles de madres en África que nunca sabrán si sus hijos llegaron a tierra y siguen vivos, o si se los tragó el mar. También madres de desaparecidos. Y nunca tuve que perder a una hermana para saber que lo que reconstruyo en este texto elevado a la millonésima es lo que está torturando a los supervivientes del régimen de Assad en Siria. Y porque, además de tener familia, los miles de mujeres, hombres y niños asesinados, tenían trabajos con los que disfrutaban más o menos, proyectos, ilusiones, sueños, futuro. Un futuro que ya no tienen y que es lo único que realmente tenemos todos los demás.
Todo esto porque no sé qué hacer con tanta impotencia salvo vomitarla, intentar gritar que aún quedan algunos seres vivos en Baba Amr y otras zonas de Siria a pesar de nosotros y nuestra incapacidad para reaccionar; que aún hay niños que no han sido despedazados por las bombas; y que creo en su dolor, algo a lo que me agarro para calmar mi conciencia desde hace años y que tan bien explicó Soledad G. Díaz.
“Dicen que el dolor es real sólo cuando consigues que otro crea en él. Si no lo logras, tu dolor es locura. Es necesario creer en el dolor de los palestinos, acosados, atacados, asesinados, para que no caigan en la locura: hay que reconocer su dolor real, dar testimonio público de su sufrimiento, de su soledad y de su amargura, para evitar que caigan en la enajenación y en el suicidio”
En realidad esto es lo que intentamos contar en cada crónica, reportaje, noticia… Y que nunca nos cansemos porque es la lucha de la humanidad contra la barbarie.









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